«El Estado paga tan bien los proyectos que la plata alcanza para ejecutar las obras... y todavía sobra para pagar una comisión», dice Emilio Tapia sin rodeos.
Más allá de la impunidad, hay algo en su personalidad que parece hecho para la estructura de la contratación estatal. Es un hombre calculador, encantador, de verbo rápido y sonrisa medida. Le gustan los números, las películas de suspenso y las fiestas, pero también hablar de Dios y de sus hijos, a veces con una emoción que roza la teatralidad. Tiene algo de seductor y algo de estratega: una mezcla de audacia, carisma y vanidad que le permite moverse con soltura entre empresarios, políticos y periodistas.
Este libro es el retrato de un hombre que nos obliga a los colombianos a ponernos frente a un espejo: no es que el sistema sea corrupto, es que la corrupción es el sistema.