Antes de deslumbrar estadios, Lucho Díaz tuvo que abrirse paso entre el polvo, el sol y los senderos sinuosos del fútbol. Sus gambetas y sus goles asombran; el trayecto que recorrió para llegar hasta allí revela algo aún más potente: una historia de coraje y perseverancia. Nació en Barrancas, en La Guajira, donde la música vallenata acompaña a los niños que persiguen la pelota como si en ella cupiera el porvenir. Allí conoció los secretos del juego de la mano de su padre, Mane Díaz, entrenador de una escuelita de fútbol. Muy pronto fue imposible no verlo: el flaco al que nadie podía parar, el talento al que no le quitaban el balón.