DIEGO FONSECA / IL. BRUNO VALASSE
Papá siempre tiene grandes sorpresas. Ahora fue un libro.
Uno grande como un gigante. Mejor: ¡como un gigante en hombros de otro gigante!
Me encanta, si bien tiene un gran inconveniente: no hay lugar en casa donde Debà dejarlo en el patio.
Es un libro de cuentos clásicos, dijo Papá. Si yo voy dentro de sus páginas encontraré los corsarios de la Malasia, cerditos y brujas, miguitas de pan perdidas, vaqueros y soldados.
Una tarde hice la prueba. Un murmullo surgió apenas abrà un par de hojas. El de una ballena! ¡Y luego un delfÃn y peces voladores!
Volvà a casa muy entusiasmada. Papá me sentó en su regazo y se rÃo con mis zapato al hada madrina de una hacendosa niña ceniza. Esos bravos indios con sus arcos y flechas cabalgando sobre los potros más veloces sobre la pradera interminable de un planeta púrpura.
Al final, Papá se puso serio.
—No olvides que debes hallar un lugar donde guardar ese libro —me dijo—.
Esa es tu responsabilidad.
Lo sabÃa y lo harÃa, pero no en ese momento. TenÃa todavÃa demasiado por Unos dÃas después, ya sabÃa entrar y salir velozmente de las historias y pasar sin pausa las enormes páginas. PodÃa personificar a una capitana en un bergantÃn volando por los mares del Océano PacÃfico. O tal vez disfrazarme de mariposa y suspirar al oÃdo de una niña que un lobo ladino planeaba devorarse a su abuela.
También me las arreglaba para ayudar a plantar habichuelas mágicas a un niño que querÃa robar la gallina millonaria del ogro dormilón.